jueves, 18 de diciembre de 2014

Pequeña de las dudas infinitas

Le miro la cara y lo veo, tiene miedo. Sonríe pero se le nota en los ojos, que no le acompañan. Lo tengo seguro, siente miedo. Tiene miedo a que las cosas se tuerzan, miedo a que todo cambie. Miedo a que, en algún momento, las cosas buenas dejen de ir tan bien. Miedo a sentir que ya no es ella quien controla su vida, sino que ésta pende de millones de hilos, hilos que otros controlan. Miedo a entregarse a los demás al cien por cien y que los otros no le respondan. Miedo a dar todo lo que tiene y que nadie le dé nada de vuelta.

Tiene miedo a sentirse vulnerable, a sentirse pequeña. Tiene miedo a sufrir, miedo a que le hagan daño, miedo a que le dejen herida, miedo a quedarse sola. Siente miedo al pensar que aquello donde ha ido poniendo todo su trabajo y esfuerzo algún día pueda desaparecer. Miedo a apostar todo al mismo número. Y miedo a perderlo.

Tiene tanto miedo que ya ni siquiera lo disfruta y, aquello que debería hacerle feliz, no le da más que quebraderos de cabeza. Se ha olvidado de que ya tiene todo lo que quería, de que ya lo ha conseguido y, ahora, en vez de aprovecharlo, se siente desprotegida. Es insegura, es nerviosa y es muy miedosa. Le falta confianza y le rodea un mar de dudas.

No sé cómo decirle que debe cambiar. No sé cómo hacerle entender que la vida es eso. Arriesgarse, luchar, soñar y, a veces también, perder. Que las grandes cosas vienen de los saltos al vacío, que a veces hay que andar por el borde del precipicio y que el vértigo nunca es una opción. Que para conseguir grandes cosas hay que apostarlo todo, que las cosas nunca se hacen a medias. Que confíe, que sonría, que nunca se olvide de vivir.


“Pequeña de las dudas infinitas…”



sábado, 13 de diciembre de 2014

Postales

Año tras año, siempre que llegaba diciembre y se acercaba la Navidad, comenzaban a llegar a mi casa muchas postales. Postales de familia, de amigos, de personas que vivían lejos y nos dedicaban unas pequeñas frases para desearnos felices fiestas. Me encantaba leer todas, aunque algunas fueran de amigos de mis padres a quienes ni siquiera conocía. Íbamos colocándolas conforme iban llegando en un mueble que hay en el comedor y, para Nochebuena, ya lo teníamos lleno.

Esta es una de las muchas cosas que convierten la Navidad en algo tan especial. Días en que nos acordamos de la gente que nos rodea, de gente que vive cerca y de gente que vive lejos, de personas que vemos todos los días y de personas que no vemos en todo el año. Días en que deseamos felicidad a la gente que queremos y se la deseamos de todo corazón, de verdad.




Pero, de la misma manera, año tras año me he ido dando cuenta de que cada vez iban siendo menos las postales que llegaban a mi casa. El mueble que antes rebosaba de deseos de felices fiestas y palabras de esperanza, cada vez iba teniendo más huecos, se iba quedando más vacío. Este año, por primera vez, no ha llegado ni una sola postal a mi casa. Ni una felicitación de Navidad escrita a mano, con la foto del portal de Belén a un lado y la firma de toda la familia al otro. Se acabó, esta tradición también ha desaparecido.

Ya se ha perdido la costumbre de escribir postales de Navidad, de llenarlas de bonitos deseos y grandes esperanzas. Va pasando el tiempo y se nos olvidan muchas cosas. A veces las más sencillas y más humanas, esas que nos regalan pequeños momentos de felicidad. Esas cosas que llenan la casa de alegría, que hacen a las personas más especiales. Esas simples cosas que sacan a toda la gente una sonrisa, que hacen un mundo más bonito. ¿Por qué siempre las olvidamos?, ¿Por qué aquello que llena de sentido la vida, que nos hace mejores, acabamos dejándolo de lado?






No podemos olvidarnos de lo que siempre ha sido la Navidad. No podemos dejar de desear felices fiestas a la gente que queremos, dejar de acordarnos de los que están lejos. No podemos olvidar lo que siempre han sido estos días. Quiero postales de Navidad viajando por todo el mundo, llegando a gente de la que ya parecía que nos habíamos olvidado. Quiero deseos de felices fiestas a todas horas, quiero palabras de esperanza, quiero villancicos, belenes y turrón. Quiero la Navidad de siempre. Quiero que, entre todos los cambios y transformaciones, esto se mantenga.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cambios...

Vuelvo a comer en casa de mis abuelos, vuelvo a tener largas conversaciones con ellos y, como siempre, vuelvo a irme pensativa, con muchas preguntas en la cabeza y pensamientos dando vueltas. Hoy he llegado cansada, después de una atareada mañana de clases, y me he dedicado a hacerle preguntas a mi abuela. Así ella me contaba cosas y yo disfrutaba de una comida escuchando e imaginando.

Poco a poco me ha ido hablando de cómo con doce años tuvo que dejar el colegio para ocuparse de todos sus hermanos pequeños y, después, comenzar a trabajar en el campo para poder llevar dinero a casa. Me ha dicho que en invierno iba con pantalones y chaqueta de hombre para resguardarse del frío, que llevaba calcetines en las manos a modo de guantes y que se dedicaba a rascar las remolachas para quitarles el hielo que las cubría.




Hoy la miraba y casi no me la podía imaginar así. La veo mayor, encogida, y no me puedo hacer a la idea de todo lo que tuvo que hacer. Me ha seguido hablando de cómo tenía que lavar la ropa de los demás a mano, levantarse todas las mañanas a las seis, compartir la comida con otros diez hermanos…  Por más que lo pienso me parece increíble. Pero más increíble me parece, aún, cómo ha cambiado todo. Todo eso que hace sesenta años formaba parte del día a día de mi abuela, hoy sería impensable.

No deja de asombrarme la capacidad que tenía mi abuela para soportar, aún siendo muy jovencita, todas esas cosas. Aguantaba todo el día trabajando en el campo, independientemente del tiempo que hiciera, y aún tenía fuerzas para ayudar luego en casa. Yo creo que sería incapaz de soportarlo, pero también creo que nuestra capacidad muchas veces depende de nuestra costumbre. Puede ser que yo ya me haya malacostumbrado.

Vivimos en unos tiempos en que hemos optado por facilitarnos la vida al máximo posible. Que no haya necesidad de ir al campo, mejor que nos lo traigan al supermercado. Que no tengamos que lavar a mano, ya están las lavadoras. Los diez hijos de antes quedan convertidos en dos. Para qué andar largos caminos si tenemos coches. El correo mejor mandarlo por e-mail. El pan con chocolate de la merienda, convertido en un bollo… Todo ha sido transformado, todo ha sido simplificado. Y yo me pregunto si, en vez de facilitarnos las cosas, no nos estaremos atontando.




Aún así, conforme mi abuela me va relatando su infancia, me voy alegrando de haber nacido ahora y no hace sesenta años. Sin duda, he tenido suerte. Y en eso me encuentro pensando, cuando oigo a mi abuela decir que su padre tenía una bicicleta que siempre dejaba tirada en la calle y nunca nadie se molestó en robar. Dice que la puerta de casa siempre la tenían abierta, que la gente del pueblo entraba como si de la suya propia se tratara, que ella entraba en las de los vecinos sin necesidad de pedir permiso. Dice que todo el día andaban de un lado para el otro, sin ninguna preocupación; que no había quien robara ni hiciera mal, que las cosas no eran fáciles pero que ellos eran felices. Y, entonces es cuando se me rompen los esquemas.





Resulta que nos hemos facilitado la vida, que la hemos simplificado. Hemos procurado hacer las cosas más sencillas, hemos trabajado por mejorarlas. Sin embargo, las personas nos hemos hecho peores. Nos hemos olvidado del convivir, hemos dejado atrás las buenas costumbres. Ya no hay quien deje la puerta de casa abierta, ni la bici sin atar en la calle. Ya no se deja a los niños ir y venir, salir y entrar, correr y campar a sus anchas. Hemos cambiado muchas cosas pero me pregunto si no nos habremos pasado. Me gusta todo lo que me cuenta mi abuela, cada historia, cada detalle pero, sin duda, mi momento preferido es cuando le oigo decir que, a pesar de todo esto, ellos eran felices. A fin de cuentas, en la vida, esto es lo más importante. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Por esas veces..

Por esas veces en que las cosas no nos van como habíamos planeado. Veces en que nos toca hacer cosas que no nos gustan. Veces en que queremos decir unas cosas pero las circunstancias nos empujan a decir otras, veces en que queremos hacer algo y al final acabamos haciendo lo contrario. Veces en que nos gustaría cambiar millones de cosas pero no tenemos por dónde empezar y sabemos que deben quedarse tal y como están.

Por esas veces en que empezamos a darnos cuenta de que todos esos consejos que nos han dicho a lo largo de nuestra vida, todo eso de “serás lo que quieras ser”, “tu vida sólo depende de ti”, “llegarás donde quieras” o “tú eres tu propio límite”, no son del todo ciertos. Veces en que comprobamos que nuestra vida está siendo dirigida por muchas más personas que nosotros mismos y que en ella están influyendo demasiadas cosas.




Por esas veces en que nos dan ganas de dejarlo todo. Veces en que empezamos a preguntarnos el por qué de lo que hacemos. Veces en que nos planteamos el haber olvidado que lo único importante en esta vida es ser felices y hacer lo que nos gusta, elegir nuestro camino. No lo que otros digan, no lo que otros opinen, no lo que otros decidan. Veces en que hemos perdido el sentido de lo que hacemos y de por qué lo hacemos.

Por esas veces en que comprobamos que, realmente, nadie nos entiende. Que pueden ponerse en nuestra posición, pueden escucharnos, puedan dar su opinión… Pero nunca podrán comprendernos porque nunca llegarán a vivir lo que estamos viviendo. Veces en que nos damos cuenta de que, al final, la única persona que vive su vida es uno mismo y, por lo tanto, la única persona que debería tener poder para tomar decisiones sobre la misma es, también, uno mismo.




Pero, sobre todo, por esas veces en que, aun estando todo así, seguimos hacia delante. Veces en que nos dan ganas de abandonar las cosas, de cambiar de vida, de dejar todo lo que habíamos conseguido y empezar de cero pero que, sin saber cómo ni de dónde, sacamos unas enormes fuerzas que nos hacen levantarnos cada mañana. Levantarnos con ganas de enfrentarnos a nuevos retos, de salir hacia delante, de afrontar dificultades, de alcanzar metas.





Y es que, si las cosas se vuelven difíciles, es porque hemos llegado a un alto nivel, porque hemos conseguido ascender. Debajo de nuestro potencial no existen dificultades, ni grandes obstáculos, pero tampoco grandes metas. Nunca debemos olvidarnos de aquello que nos gusta, de eso que nos hace felices, de lo que nos llena. Nunca debemos dejar de ser dueños de nuestra propia vida, ni dejar que otros decidan por nosotros. Pero tampoco hemos de abandonar a la primera de cambio. A veces las cosas se ven grises pero hay que luchar. Hay que luchar, trabajar y hay que seguirse esforzando. La verdad, nadie consiguió grandes cosas haciendo mínimos esfuerzos. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Lecciones

Hay veces que parece que nuestras cosas, nuestros problemas, nuestras preocupaciones, son enormes. Momentos en que nuestra cabeza no puede estar a otra cosa. Ocasiones en que nuestro tiempo queda reducido a aquello que ocupa nuestra mente y nuestro esfuerzo. Por suerte, también hay veces en que la vida decide darnos alguna lección y cambiar la perspectiva desde la que miramos las circunstancias que nos rodean.

Hace unos años, cuando me encontraba a tres semanas de hacer la selectividad, me pasó algo así. Yo tenía muy clara la carrera que quería estudiar y dónde la quería hacer, pero todo iba a depender de la nota media con que acabase el curso. El agobio con que cada mañana me sentaba en mi mesa, a estudiar, aumentaba día tras día. Mi vida había quedado reducida a prepararme los exámenes y a pensar en cómo me saldrían.




Ahí andaba yo, estresada, tres semanas antes de selectividad, cuando empecé a fijarme en que todas las mañanas, mientras yo estudiaba, una pareja de ancianos, ya bastante mayores, salían a pasear por la plaza que hay enfrente de mi ventana. Iban juntos y despacito, pasito a paso, poquito a poco. Hablaban, se miraban, sonreían, saludaban a los vecinos y se paraban a hablar con ellos. Y así pasaban las mañanas, dando vueltas a la plaza, sentándose de vez en cuando, observando su alrededor y cruzando miradas entre ellos.

Poco a poco empecé a cogerles cariño. Cada mañana que me sentaba a estudiar, esperaba la hora en que ellos salieran de casa y se pusieran a pasear. Me gustaba mucho mirarles. Se les veía felices con algo muy simple. Desprendían tranquilidad, ternura y mucha paz. Mostraban el lado más bonito de la vida. El haber vivido mucho y aún así seguir disfrutando de las cosas del día a día, del seguir juntos, de los encuentros con los vecinos, de los paseos matinales. Aunque no pudieran andar mucho, aunque cada dos pasos se sentaran a descansar, aunque fueran despacito…




Y, de repente, me encontré con que ya no me estresaban tanto mis exámenes de junio. Con que no me preocupaba si, aún esforzándome, las cosas no me salían tan bien como yo pretendía. De repente entendí que lo importante era trabajar duro, día a día, pero teniendo en cuenta que, que las cosas no salgan como planeamos, no quiere decir que nos vayan a ir mal.





Hace ya unos cuantos años que los vi pasear por última vez. Al final incluso los fines de semana me asomaba para observarles un rato. Ellos nunca me llegaron a ver y, sin saberlo, me dieron una gran lección. Sin quererlo me enseñaron que las circunstancias no tienen por qué influir en nuestra felicidad y que, en los momentos difíciles, no hay nada como salir a pasear despacito con la persona que más nos quiere. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

Instantes

Se volvieron a cruzar por la calle y ella no pudo hacer otra cosa que emocionarse. La ilusión le invadía por completo y sin quererlo se le escapó una pequeña sonrisa, sin que nadie más le viera, sin que nadie le entendiera. Durante un segundo sus miradas se cruzaron y hubo un pequeño saludo. Su corazón empezó a latir un poco más fuerte y empezó a ponerse nerviosa.

Puede que ninguna otra persona le entienda, ni sepa qué pasó en ese instante. Puede que nadie más que ella se imagine qué está pasando por su cabeza. Puede que nadie llegue a entender cuánto ha significado para ella esa breve mirada.



No sabe si algún día avanzará la cosa, si igual, alguna vez, algo más llegará a suceder. Los dos saben que hay algo, algo diferente que no hay con otras personas. Hay algo que se enciende cuando se cruzan, algo de lo que nunca hablan, eso que no mencionan pero que ambos saben que existe.

Algo especial que ahí está. Está y se puede tocar. Se ve cada vez que se juntan, cada vez que hablan. Pero ninguno sabe muy bien qué hacer para que termine de surgir, para empezar a aceptarlo, para convertir eso que los dos esconden en lo más bonito del mundo. En algo bonito y verdadero.

Y ya se han cruzado. Se han cruzado y se han saludado. Ella ha sonreído y ha vuelto a surgir, ha salido eso que entre los dos existe, esa conexión. Sin embargo, han vuelto a no hacer nada, lo han vuelto a dejar ahí, han seguido cada uno su camino. Ahora toca esperar de nuevo. Esperar a que un golpe de suerte vuelva a juntarles y, quizás, ese día sí que sea el instante definitivo. 



jueves, 25 de septiembre de 2014

Pequeños mundos

Me pregunto a menudo cuánto puede esconderse detrás de una mirada, cuánto puede haber tras una sonrisa, qué puede arrastrar una sola palabra, todo lo que hay en el interior de una persona. Cada uno somos pequeños mundos, cada individuo lleva consigo una vida, distinta, diferente, suya.




No hay mayor privilegio que el que alguien decida abrirnos las puertas de su mundo y nos regale el ser, también, partícipes de él. Pocas veces somos conscientes de la suerte que tenemos cuando alguien nos muestra todo eso que lleva dentro, cuando nos permite conocerle y, poco a poco, va dándonos pequeños trocitos de cuanto es.

Nada hay más valioso que la vida de una persona. Nada hay mejor que el formar parte de ella. Todo el mundo tiene su propio pasado, sus aventuras, sus pequeños secretos. Nadie conoce a una persona al primer día. Nadie le conoce al segundo, ni al tercero. En verdad, nunca dejamos de conocernos. Siempre hay sorpresas por descubrir, nadie se desvela de golpe.

No hay personas más valiosas que otras, simplemente diferentes. No hay nadie que no se merezca no ser escuchado o no ser conocido. Todo el mundo tiene algo que le hace ser especial, ser uno mismo. Por eso, hablar con una persona, compartir cosas, nunca es perder el tiempo. En realidad, es invertirlo. Porque no hay nadie sin nada por enseñar, todos guardamos cosas dentro. Detrás de una mirada siempre hay algo, tras una sonrisa o junto a una palabra.

Tener la oportunidad de que alguien nos abra todo su mundo, con sus virtudes, sus defectos, sus rarezas, sus ilusiones, sus miedos, sus sueños… Es un regalo. Nadie vive su vida aislado, no somos islas. Todos elegimos algunas personas para formar parte de nuestra vida y, si sabemos comportarnos, entonces algunas nos elegirán para formar parte de la suya. Y es que, al final, no hay nada mejor que el vivir tu vida contando con personas que la quieren como si de la suya se tratara.




Por esto es por lo que nada hay peor que menospreciar a alguien, nada hay peor que sentirse superior a otras personas, nada hay peor que el creer que hay vidas que valen menos que la propia. Curiosamente, cada vida es lo más valioso que tenemos, pero nunca es más valiosa que cualquier otra, simplemente es igual.

Las personas somos mucho más que una cabeza, brazos y piernas. Cada persona esconde un tesoro tras ella, una magnífica vida que siempre merecerá la pena de ser conocida. Y, por eso, nadie en este mundo debería ser tratado de menos, porque todos escondemos innumerables y gratas sorpresas.





martes, 16 de septiembre de 2014

Uno mismo

Septiembre comenzado, rutina establecida y curso retomado. Todo es, otra vez, como siempre, y el día a día vuelve a normalizarse. Ya he vuelto a mis tardes de biblioteca que, acompañadas de amigas, se hacen mucho más llevaderas. Hoy la compañía ha sido la de mi amiga Maite y una de las primeras cosas que ha hecho, cuando me ha visto, ha sido preguntarme cuándo pensaba subir otra entrada al blog. Yo, como siempre, le he contestado que cuando me llegue la inspiración. Sin embargo, esto no es del todo verdad. Inspiración tengo, escribir escribo, pero subir… subir no subo, no tanto como antes, y creo que, dándole vueltas, he encontrado la razón.

Antes escribía lo que me venía a la cabeza en cada momento y, después de leerlo un par de veces, lo subía. Ahora no lo subo porque no me convence, porque me pregunto si le gustará a alguien, si alguien se sentirá reflejado, si la gente se aburrirá leyéndolo, si será peor que mis entradas anteriores… He dejado de usar el blog para poner lo que a mí me apetece en cada momento, lo que siento, y he empezado a utilizarlo para poner lo que a otros les gustaría leer, lo que otros esperan encontrar… Y, claro, así no se puede.




A veces me pregunto cómo cambiarían todas las cosas, si decidiera hacerlas en función de lo que yo quiero, y no de lo que otros esperan. No sé si tiene que ver con querer contentar a los demás, con querer cumplir sus expectativas, con gustarles o con caerles mejor. La cuestión es que vivo concentrada en qué pensará la gente si hago una cosa u otra, en qué opinarán, en cuánto les gustaré y, al final, acabo olvidándome de mí.

Me olvido de lo que yo quiero, de lo que a mí me gusta. Me olvido de que no importa quién lea mi blog o quién deje de leerlo, si se siente reflejado o no. A veces se me olvida que lo importante en esta vida no es qué piensen los demás. Se me olvida que esto no es una carrera por encajar mejor o gustar más, que lo importante es ser uno mismo.




Por eso en ocasiones me dan ganas de irme allá donde nadie me conozca, donde nadie espere grandes cosas de mí, donde nadie esté pendiente de qué hago o qué dejo de hacer. Sería todo más fácil si las decisiones que tengo que tomar, sólo fueran cosa mía y si los caminos que decido ir siguiendo, sólo dependieran de mí. Aún así, creo que la verdadera valentía no está en escapar, sino en ser uno mismo allá donde toque estar. Por eso, día tras día, no pienso dejar de recordarme que no importa qué digan los demás, lo único importante es cómo quiero ser yo, con quién quiero estar y a dónde quiero llegar.

El camino es largo y siempre es mejor hacerlo con otras personas, pero con personas que nos acompañen, no personas que nos lleven.  Es importante dejarse aconsejar, pensar en los demás y saber escuchar, pero nunca olvidando que, las verdaderas decisiones, es la propia persona quien las toma. Aprender a ser uno mismo es un gran paso y, sin duda, uno de los primeros si queremos ser verdaderamente felices.



domingo, 7 de septiembre de 2014

Septiembre

Y, al final, tras dos meses de verano, después de las tardes de piscina, paseos por la playa, noches bajo las estrellas, helados, granizados y verbenas en el pueblo, como siempre, acaba llegando septiembre. Que no es el mes en sí, es todo lo que trae consigo. Es ese largo invierno que nos queda por delante, es otro curso entero, son los madrugones, los viajes en autobús… Todas esas cosas que hacen de septiembre un mes poco querido. Sin embargo, ahora, para bien o para mal, nos toca sufrirlo.




A mí septiembre, para qué vamos a mentir, tampoco me gusta mucho. Pero soy de la opinión de que, aunque no podamos elegir las circunstancias que nos ocurren, siempre podemos elegir la actitud con la que les hacemos frente. Por eso mismo, ahora toca darle la vuelta a la moneda y recibir este nuevo curso con un poco de optimismo, seguro que nos trae grandes cosas.

Para empezar, sería totalmente imposible disfrutar de tres meses de verano si no nos hubiésemos pasado los nueve meses anteriores estudiando y trabajando. Y es que, sólo se puede disfrutar del calor si antes has pasado frío, dormir a pierna suelta si llevas meses madrugando, apreciar los paseos por la playa cuando has vivido entre coches y edificios.

En realidad, el verano es únicamente un pequeño paréntesis en nuestro año, como un descanso. Donde verdaderamente construimos, enfocamos y dirigimos nuestra vida es en el día a día. Por eso empezar el curso no es malo, es la mejor oportunidad de seguir avanzando, porque a veces, la única manera de continuar es empezando de nuevo.




Creo que voy a tomar prestada una frase de Jean Paul Sartre que dice 

Felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace 

Nada más verdadero e importante. Es verdad que da pereza, es verdad que cuesta empezar de nuevo. Que no es el lunes, es el lunes seguido por el martes, el miércoles y el jueves, es una semana tras otra, pero es lo que ahora toca. Y, como no podemos hacer nada ante la llegada del nuevo curso, qué mejor que cogerlo con ganas.




Por eso, ya que tenemos que ir a clase, vamos a hacerlo con una sonrisa. Ya que tenemos que volver a cruzarnos con compañeros por los pasillos, vamos a saludarles. Ya que hay que empezar a estudiar de nuevo, vamos a cogerlo con ganas. Cuesta lo mismo hacer las cosas bien que hacerlas mal, cuesta lo mismo levantarse de la cama feliz que enfadado. Septiembre ha llegado pero, ya que nos da la oportunidad de elegir cómo queremos comenzarlo, vamos a hacer una buena elección. A fin de cuentas, este curso que nos llega por delante no está escrito y acabará siendo lo que nosotros hagamos de él, aprovechemos al máximo esta oportunidad.


“Y que septiembre no nos quite la ilusión jamás”



miércoles, 2 de julio de 2014

Porque ya llegan




“Porque llegaron las fiestas, de esta gloriosa ciudad, que son en el mundo entero, unas fiestas sin igual”






El día 6 de Julio es un día de esos en los que yo amanezco antes que el sol. A partir de las ocho de la mañana no puedo aguantar ya ni un segundo más en la cama, me levanto de un salto, con una mezcla de nervios e ilusión en el estómago y ganas de salir de casa. Lo primero que hago siempre es asomarme a la ventana y ya voy notando algo en el ambiente, algo que deja bien claro que este día, aquí, no es un día cualquiera.

En la silla de mi habitación descansa todos los años la ropa bien preparada desde la noche anterior. Blanca, impoluta. Nunca sé cuándo volveré a casa a lo largo del día, pero siempre sé que, cuando llegue, poco color blanco quedará en ese pantalón y esa camiseta. Y, cómo no, al lado de la ropa estará ese pañuelico rojo que ataré a mi muñeca pero que, a partir de las doce, pasará al cuello y ahí quedará durante nueve días.

Seguramente, cuando me mire al espejo, totalmente vestida de blanco, los nervios aumentarán un poco más. Pero para nervios, los que llegarán a las doce del mediodía. Rodeada de gente, con el pañuelico en alto, sin saber muy bien si ya ha salido alguien al balcón o han prendido la mecha, oiré ese grito que año tras año surge desde el ayuntamiento y nos invita, a pamploneses y pamplonesas, a nueve largos días de fiesta. Y entonces se oirá, por fin, esa explosión en el cielo de Pamplona que dará comienzo a los Sanfermines. A partir de ahí ya no puedo explicar con mis palabras qué es lo que va a ocurrir, así que utilizaré las de Hemingway: “Al mediodía del domingo 6 de julio la fiesta estalló, no hay otro modo de decirlo”.




Pues sí, la fiesta estallará. Estallará y bien estallada. A partir de entonces y hasta el 14 de julio se oirá música por todos lados, la gente bailará, reirá y beberá. Niños, jóvenes y mayores disfrutarán por igual de nueve días de fiesta. Pasarán las horas y los días sin ser consciente de ello y sólo habrá que preocuparse por pasárselo bien. Son días de conocer gente de todos los lugares del mundo, de hablar en inglés, francés o incluso chino, de brindar con un grupo de australianos y bailar con otro de estadounidenses. No importará si vas bañado en sangría o con el pelo pringoso, si las zapatillas se te quedan pegadas al suelo mientras bailas o si recibes algún que otro empujón en las calles llenas de gente. Son días para estar en cuadrilla, para volver a ver a todos tus amigos, para juntarte con gente que hace mucho que no ves. Son días para disfrutar, y no pasárselo bien es prácticamente imposible.

El chupinazo, las comidas, el “riau riau”, las charangas. La procesión, el vermut, los toros, las peñas, las cenas. Las dianas, los almuerzos, los gigantes y cabezudos, la noria, los fuegos artificiales. Los churros, los globos, la tómbola. Los conciertos, los puestos, los guiris, las barracas, el tirapichón. Los encierros, la ropa blanca, el pañuelico y la faja, los amigos. El encierrillo, las jotas, los clarines y timbales, el pobre de mí. San Fermín. Son muchas cosas que hacen estas fiestas especiales.





Supongo que cada día llegaré a casa y casi no podré ni moverme. Llegaré y tendré que decidir si ducharme en la cama o quedarme dormida en la ducha, porque el cansancio y la suciedad pesarán igualmente en mi cuerpo. Dormiré pocas horas y al día siguiente no habrá tiempo para recuperarse.  Así estaré durante nueve días de fiesta. Nueve días que transforman Pamplona y que hacen, de esta pequeña gran ciudad, un lugar aún más especial. ¡Felices fiestas a todos!



lunes, 23 de junio de 2014

Aprendiendo

Tras haber dado por finalizada mi primera semana de verano y con la emoción ya un poco más apagada, creo que va siendo momento de hacer balance de este curso. Puede que mi papel como futura maestra influya en mi manera de ver el mundo, quizás por eso soy de la opinión de que la mayor ventaja de poder recordar el pasado es aprender de él. Eso sí, para hacerlo tenemos que pararnos a pensar, mirar las cosas con perspectiva y estar dispuestos a mejorar. A mejorar no para vivir más cómodamente o para aprovechar más el futuro, a mejorar como personas porque, solo entonces, seremos más felices.

Muchas veces cometemos el error de dejar que los años pasen por nosotros y olvidarnos de crecer. No tiene sentido vivir si no sabemos sacar provecho a las cosas que nos pasan y utilizarlas para avanzar. Mirando este curso desde aquí, creo que es el que más he aprendido y más he cambiado. Por eso, ahora, quiero hacer balance.

Lo primero en lo que pienso es en las personas. Este año he aprendido que, conforme vamos creciendo, las grandes cuadrillas se van haciendo más pequeñas pero los verdaderos amigos se hacen más reales. He comprobado que las relaciones personales también maduran y, si merecen la pena, cada año se hacen más fuertes. He aprendido también que las personas no siempre son lo que aparentan y que por eso, antes de esperar algo de ellas, hemos de hacer el esfuerzo de conocerlas, conocerlas de verdad.




Pero si es importante conocer a las personas que nos rodean, aún mucho más lo es conocerse a uno mismo. Este año he tenido la suerte de entender que, si no te conoces ni tú, ¿cómo van a hacerlo los demás? En el fondo es algo tan simple como conocer tus puntos fuertes y tus puntos débiles, las cosas que te gustan y las que no, aquello que se te da bien y aquello que no tanto… Y, con todo eso, tratar de ser mejor.




Ser mejor que, como ya he dicho, no quiere decir tener más éxito o ser más bueno en algo. Ser mejor que sólo tiene sentido cuando detrás le añadimos la palabra persona. En estos últimos meses también he aprendido que intentar ser buena persona a veces es difícil y que no siempre se me da del todo bien, pero que, al final, siempre compensa.

Compensa, como compensa todo lo que al principio es duro y difícil. Este curso he podido comprobar que, aunque trabajar en solitario puede ser más rápido y fácil, como el trabajo en equipo no hay nada. El sentimiento de ser parte de un equipo, de ser una pieza que en el conjunto puede pasar desapercibida pero, a su vez, es totalmente indispensable, es algo muy grande. Este año he aprendido que la satisfacción de conseguir logros, luchando y trabajando con otras personas, es comparable con pocas otras cosas.

También he aprendido que, muchas veces, los problemas sólo existen si queremos que existan, que las cosas siempre son más fáciles de lo que parecen y que, al final, somos las personas quienes las hacemos complicadas. He aprendido que los grandes errores no vienen de las cosas que hacemos, sino de las que no. Porque, de aquellas cosas que hacemos y no salen bien, podemos aprender. Sin embargo, ¿qué pasa con las que nunca llegamos a hacer?

Justo por eso, porque yo siempre he sido una miedosa y he dejado de hacer millones de cosas, a inicios de curso decidí que iba a intentar cambiar. No sé si lo habré conseguido del todo, pero ahora sé que si las personas no salen de su zona de confort nunca alcanzarán sus sueños, ahora sé que a veces tengo que dar un salto al vacío, por mucho miedo que me puedan dar las alturas.




Pero, a pesar de mi intención de cambiar, este año he aprendido que lo más importante de todo es ser uno mismo. Estés donde estés o estés con quien estés, si la gente te quiere, lo hará por lo que eres, nunca por lo que aparentas. Y es que, realmente, aunque pase el tiempo y todo parezca diferente, hay cosas que nunca cambian y personas que siempre están ahí. Personas que me han enseñado que muchas veces las cosas pasan porque tienen que pasar y lo que diferencia su avance es la actitud con la que nos enfrentamos a ellas. Por eso mismo, hacerlo con una sonrisa es siempre un buen comienzo.

Pero no os creáis que esto son sólo palabras bonitas. Detrás de cada lección hay una persona con nombre propio, una situación o una experiencia que yo he vivido este año. Ahora toca avanzar con ellas y dar la bienvenida a una nueva etapa, tres meses de verano en los que disfrutar y de los que seguir aprendiendo.  



viernes, 13 de junio de 2014

¡VERANO!

Por fin. Parecía que no iba a llegar nunca pero por fin lo ha hecho. Hoy ya puedo afirmar que he terminado todos mis exámenes y comienza mi verano. He de decir que cuanto más se iba acercando más lento pasaba el tiempo y parecía que más lejos estaba. Esta semana, de hecho, si me hubieran dicho que los días en vez de avanzar hacia delante iban hacia atrás me lo hubiese creído. Llevo quince días haciendo cuenta atrás, tachando el calendario y contando cada segundo que me quedaba para que llegara hoy y, por fin, ha llegado.

En realidad creo que lo que más valioso hace el verano no son los días que vienen por delante sino los que he dejado atrás. No es que estos meses sin hacer nada se me presenten tan prometedores sino que ya he terminado los largos días de estudio, noches cortas, estrés pre-exámenes y todo lo que eso conlleva. Por eso, cualquier cosa que venga ahora, sea como sea y lo que sea, es bien recibida.




Pero aún así, he de decir que el verano tiene algo, algo que lo hace especial. Aunque haya que trabajar, aunque haya asignaturas para recuperar o excesivo tiempo libre. Aunque no te vayas a ir a ningún lado, a pesar de que en tu ciudad llueva cada tres días o que no puedas salir de casa si no quieres morir derretido, el verano tiene algo que hace que nos guste a todos y que conforme se va acercando nos vayamos haciendo cada vez más ilusiones.

No sé si será el hecho de cambiar el armario y sacar la ropa más ligera, los colores alegres y llamativos, los bañadores y chancletas. Igual tiene más que ver con las noches frescas e inundadas de estrellas, las cenas con bocadillos en la calle o las apetecibles barbacoas. Puede que sean los paseos acompañados de helados, las tardes bajo la sombra de un árbol o los chapuzones en la piscina aquello que hace el verano especial.

El azul del mar, la brisa, esa mezcla de sal y arena en el cuerpo, el color moreno de la piel. Las escapadas en bicicleta, comidas en el campo y baños en el río. Volver a ver a todos los que durante el año han estado lejos, largas partidas a cartas, a palas de playa, a frontenis en el frontón del pueblo. Los días largos que en vez de tener veinticuatro horas parece que tienen veintinueve. Las tormentas y su olor, esas que te pillan de sopetón y te mojan, de arriba a abajo. Las fiestas de los pueblos, con sus almuerzos, comidas multitudinarias, toricos de fuego y verbenas. Hacer maletas, comenzar un viaje, visitar nuevos lugares, conocer mucha gente.




Es el olor, es la sandía, es la cerveza en una terraza con los amigos. No sé exactamente qué es, supongo que se trata de una mezcla. Son ese cúmulo de pequeñas cosas que hacen los veranos tan especiales, que hacen que desde muy pequeños todos estemos esperando su llegada. Es la palabra verano en sí que nos emociona, que nos hace sonreír, que nos provoca ilusiones y nos invita a hacer muchos planes. El verano es esa época del año en la que por alguna razón todos somos un poco más felices y yo tengo la suerte de decir que hoy, por fin, empieza el mío.





miércoles, 4 de junio de 2014

Estos inventos...

Dios mío, tengo un problema. Tengo un problema muy gordo, o eso creo. Resulta que tengo móvil nuevo, que ya era hora porque el otro estaba viejísimo y se me caía a pedazos. Bueno, eso, que resulta que mi móvil nuevo tiene una lucecita que se enciende cada vez que me mandan un whatsapp. Brilla y así sé que alguien me ha escrito. La cuestión es que yo la veo encenderse muy a menudo y muchas de esas veces… ¡Resulta que me la imagino! Vamos, que la veo brillar cuando en realidad no brilla.




Odio los móviles. De verdad, los odio con toda mi alma. Ojalá no existieran, y lo digo en serio. Podría decir que mi móvil es el objeto con el que más tiempo paso a lo largo del día. ¡Que siempre lo tengo encima! Y no es que no pueda vivir sin él. Que no, que puedo perfectamente, ya lo he probado. Si no lo tengo conmigo puedo estar semanas enteras sin acordarme de él y no tengo ningún problema. Sin embargo, si lo tengo… Si lo tengo es diferente y tengo la necesidad de mirarlo a todas horas.

Venga, en serio, ¿qué necesidad había de crear whatsapp?, ¿para qué?, ¿para qué tenemos que estar hablando a todas horas con todo el mundo? Total, luego nos encontramos en persona y no sabemos qué decirnos, estamos perdiendo la capacidad de comunicarnos cara a cara. No entiendo por qué tenemos que saber a todas horas qué está haciendo cualquier persona. Además, las cosas verdaderas luego pierden su valor. Hablar por hablar no tiene sentido y hacerlo a todas horas con determinadas personas deja de ser especial.

Por eso, me declaro firme defensora del cara a cara, de las cosas dichas en persona, del mirar a los ojos. De las sonrisas espontáneas y los comentarios divertidos. De las frases con ironía, las preguntas retóricas y las miradas de complicidad. Me declaro defensora del contacto con la otra persona, de los abrazos y besos en carne y hueso, no por emoticonos. De escuchar más con los oídos y leer un poco menos con los ojos. Firme defensora, sin duda, de que las relaciones personales sean, como su nombre indica, en persona.




La cuestión es que, cuando las cosas se usan demasiado pierden su valor y nosotros empezamos a perder el valor de muchas cosas. Perdemos el valor del saber estar. Saber estar ahí, no detrás de una pantalla. Perdemos el valor de las palabras, porque usamos demasiadas. Perdemos el valor de las conversaciones, el valor de las miradas y las sonrisas. Con esto del whatsapp ganamos comodidades pero perdemos otras muchas cosas y a mí, de verdad, que ya me está empezando a cansar.


viernes, 30 de mayo de 2014

Recuerdos con olor a...

Hoy he vuelto a casa de mis abuelos, hacía más de cinco años que no iba. Desde que se quedó vacía no había vuelto a poner los pies dentro, pero hoy he querido volver a verla. Entre inquilino e inquilino y, aprovechando que mi padre tenía que acercarse por ahí, he vuelto a entrar.

He de decir que estaba tal y como la recordaba, excepto una mesa y la fregadera nueva, lo demás seguía exactamente igual. Cinco años en los que yo he cambiado tanto y la casa ha cambiado tan poco, como si no hubiera pasado el tiempo… Sin embargo, desde el primer momento en que he abierto la puerta, he notado algo distinto, diferente.




Ya sabía que no me la iba a encontrar llena, que ahí hacía tiempo que no vivía nadie. Sabía perfectamente que la silla que seguía al lado de la ventana, donde siempre se sentaba mi abuela, iba a estar vacía. Tampoco esperaba encontrarme a mi abuelo en su esquina izquierda del sofá, ni las campurrianas que siempre guardaban en el armario. No esperaba encontrarme nada de eso. Era algo más, algo que faltaba y en lo que no había pensado antes. Era el olor.

Ese olor que caracterizaba la casa de mis abuelos. Ese olor que, en cuanto se abría la puerta, nos inundaba por completo. No era un olor fuerte pero tampoco suave. No era un olor agradable pero tampoco desagradable. No sabría describirlo, era, simplemente, el olor de casa de mis abuelos. Ese olor que hoy aún, cinco años después, todavía puedo recordar. Ese olor que me acompañaba mientras cruzaba la puerta, que me acompañaba mientras saludaba a mis abuelos, mientras les daba un beso, mientras veía la tele con ellos, comía galletas o les escuchaba hablar. Ese olor que, hace ya mucho, no huelo y que posiblemente tampoco vuelva a oler más.




Fue raro. Fue ver la casa de siempre, con sus cosas de siempre, como si fuera otra. Ese lugar en el que tantas tardes he pasado ya no era el mismo. Supongo que fue, en el fondo, una pequeña lección, un nuevo aprendizaje. Hoy he visto que las cosas por si solas no valen nada. Nada de nada. No solo no valen, sino que tampoco significan.

Creo que no es la silla donde se sentaba mi abuela lo que nos queda de ella. Tampoco el sofá de mi abuelo lo que nos queda de él. No es el frigorífico, la cama o el espejo. Y, desde luego, tampoco lo es la casa. Lo que a mí me queda es ese olor. No sé cómo las personas tenemos la capacidad de recordar olores sin olerlos, pero lo hacemos. Un olor puede convertirse en un pequeño tesoro a guardar en un frasquito de recuerdos. Un olor puede ser algo para recuperar de vez en cuando, algo con el poder de trasladarnos a lugares, lugares que quizás todavía existen, como la casa de mis abuelos, pero que ya no son los mismos.



lunes, 26 de mayo de 2014

Un lunes cualquiera

Todos mis lunes son largos. Días de esos que voy a la uni a las ocho de la mañana y no vuelvo hasta media tarde. Días en los que puedo bostezar cien veces, mirar al techo de clase ciento cincuenta y a la pantalla del móvil doscientas. Días de esos que los mires por donde los mires y los cojas por donde los cojas son monótonos. Monótonos y aburridos.




Aún así, los aprovecho para comer con mi amiga Miriam. Entre clase y clase, estudio y estudio, libro y libro, sacamos un ratito al mediodía para comer juntas. La verdad, no solemos hablar mucho. Creo que llegamos tan agotadas que no nos quedan ni fuerzas para decir gran cosa. En realidad tampoco me importa. A veces hay personas a las que conoces tanto que ya te da igual mostrarte tal y como estás en cada momento. Por eso, si no nos apetece hablar, pues no hablamos, pero nuestra comida sigue siendo uno de los mejores momentos del día. Tal vez no digamos mucho pero estamos, y eso es lo más importante.

En esto andaba yo hoy, comiendo macarrones, con la mirada perdida, bostezando y lanzando largos suspiros, cuando Miriam me ha dicho “¿eres consciente de que ahora mismo hay alguien divirtiéndose?" La verdad, en ese momento sólo era consciente de que de mí no se trataba. Ella ha seguido insistiendo, “¡Que sí!, ¿te das cuenta de que este lunes puede convertirse en el mejor día de la vida de alguien?” Pues no sé. Es posible que hoy alguien se levante de la cama esperando otro lunes más y éste termine convirtiéndose en uno de los mejores días de su vida. Podría ser, pero he de aceptar que ver a Miriam, de repente, con esa ilusión y esa sonrisa me ha sacado de mi ensimismamiento.

Alguna vez oigo que las personas debemos ser realistas y prácticas. Menos pájaros en la cabeza y un poco más poner los pies en el suelo. Pero, cuando ser realista te lleva a pasarte nueve horas y media en la universidad, ya no es que pongas los pies en el suelo, es que es el alma misma la que se te cae hasta ahí.

Igual por eso Miriam y yo hemos empezado a divagar mientras pasábamos de los macarrones al lomo. En esas andábamos cuando, al comer la fruta, hemos acabado preguntándonos qué nos podría pasar hoy a nosotras para que este lunes se convirtiera en el mejor día de nuestra vida. Desde que nos suspendieran la clase de la tarde hasta recibir la carta para estudiar en Howarts hemos ido pasando por múltiples posibilidades. Un viaje sorpresa a Nueva York o que nos aprobaran directamente los ya cercanos exámenes finales también sonaban atractivas. Así, hemos acabado nuestra comida de lunes con un poco más de ilusión y alegría que como la habíamos empezado.

Hay días que no pintan bien. Hay días más largos que otros. Hay días eternos. Pero, en realidad, nunca sabemos qué va a pasar y, por muy parecidos que parezcan, dos lunes nunca son iguales. Lo más curioso es que muchas veces todo depende de la actitud con la que nos tomemos las cosas. Igual, en el fondo, sólo es cuestión de abrir un poco las alas y levantar los pies del suelo. Nunca podemos imaginarnos en qué puede convertirse el lunes más común y cotidiano, por eso mismo “seamos realistas y soñemos lo imposible”.